La Bola de Nueve Libras
-- Mención Honorífica en el Concurso de Creatividad 2006 de la Universidad San Pablo CEU, categoría Cuento, a publicarse en un libro en el 2007. Copyright, 2006.Trad. del castellano mexicano a castellano español por el autor. --
Hace un año que Olga se fracturó la muñeca. Sus huesos, endebles como su corazón, no resistieron el cambio de temperatura, ni la presión que ejerció en ella la bola de nueve libras.
Se le ocurrió eso de distraerse jugando a los bolos con la película “El Gran Lebowski” de los hermanos Cohen, con esos personajes tan esterotípicos del yankee posmoderno; tan sórdidos, tan vacíos y tan necesitados de llenarse con algo más que dólares y mierda; esos soñadores de bourbon, maría y rocanrol que, como Pedropicapiedras de nuevo siglo, veían en los bolos el reflejo de su mediocridad emocional y espiritual.
Olga era, o se pensaba, así. Era como el Gran Lebowski, pero en una versión ibérica que se había trasladado a México; como filmada por Almodóvar y Buñuel. Una Lebowski sin barriga ni cannabis, sólo con su actitud de niña a medio consentir y a medio sufrir, como crecen ahora las jóvenes clasemedieras de su natal Ciudad de México y del Madrid de sus padres. Como crecen, a fin de cuentas, los jóvenes del chat, el móvil y la comida rápida.
Al sur de la capital mexicana, Olga descubrió el Bol Coyoacán. Ahí, en medio de ese sitio que sigue casi igual a su inauguración en los 60, ella se transportaba lejos. Tan lejos del dolor y del presente como cuando hojeaba los álbumes fotográficos de su mamá, donde la veía, con peinados a-go-gó y atardeceres andaluces, en Polaroids a medio desteñir.
En las pistas de bolos, entre esos canales, la magia de las fotos de su madre regresaba. Le parecía que Pedro Picapiedra y Pablo Mármol acababan de jugar ─incluso llegó a imaginarse al marciano Gazú encantando su bola para hacer chuza─. Y así, vestida de crinolina imaginaria, libre de todo pecado y de toda frustración, Olga pedía su hamburguesa, su Coca-Cola ─eso sí, de dieta─ y tomaba la bola de nueve libras color verdemar que siempre la aguardaba en los anaqueles, como si la hubieran mandado hacer hace años, en espera de su llegada.
Pero hace un año que Olga se fracturó la muñeca ahí. Sus huesos, endebles como su voluntad, no resistieron el cambio de vida, ni la presión.
Esa vez era muy temprano y había decidido faltar al trabajo para practicar más, para ser la reina del parqué pulido, para lograr dar saltitos al estilo Picapiedra... para olvidar y para hacer añicos a esos bolos en los que, como el gran Lebowski, veía el reflejo de su mediocridad emocional y espiritual.
Lo que no se esperaba era que la pista 32 le traería una sorpresa, pues ahí jugaría un imposible: Olga tiró una vez, pero sólo tiró los ocho pinos centrales. Así quedaba un tiro y los dos pinos más alejados y opuestos entre sí, en uno de esos splits odiosos de torneo.
Pero el juego se desvaneció. En medio de ese split, como en una portería, estaba él. Ave César al gran déspota, al gran sabelotodo, al gran macho, al mejor golpeador de mejillas, al hombre casado con el que ella se enredó, al amor falso del cual, por más que supo huir, nunca supo dejar. Y así, Olga trató de acabar con ese split imposible, pero más aún con ese rostro que le decía, en recuerdos, lo poco que era ella y lo mucho que era él. Y veía también cómo ella lo había dejado por fin, cómo lo había evidenciado con su mujer, cómo él le suplicaba perdones y cómo ella había encontrado, como por destino divino, esa bola de nueve libras color verdemar.
Pero Gazú ahora no la ayudó, y su muñeca, tan frágil como su esperanza, no resistió la presión.
Olga se internó en un hospital. Él la llevó; ella lo había llamado. Días después, los empleados de la pista de bolos olvidaron a esa criatura a medio sufrir y a medio consentir que tanto los visitó. Y así también acabó, cansada de esperar, arrumbada en el mismo estante, la bola de nueve libras color verdemar.
Hace un año que Olga se fracturó la muñeca. Sus huesos, endebles como su corazón, no resistieron el cambio de temperatura, ni la presión que ejerció en ella la bola de nueve libras.
Se le ocurrió eso de distraerse jugando a los bolos con la película “El Gran Lebowski” de los hermanos Cohen, con esos personajes tan esterotípicos del yankee posmoderno; tan sórdidos, tan vacíos y tan necesitados de llenarse con algo más que dólares y mierda; esos soñadores de bourbon, maría y rocanrol que, como Pedropicapiedras de nuevo siglo, veían en los bolos el reflejo de su mediocridad emocional y espiritual.
Olga era, o se pensaba, así. Era como el Gran Lebowski, pero en una versión ibérica que se había trasladado a México; como filmada por Almodóvar y Buñuel. Una Lebowski sin barriga ni cannabis, sólo con su actitud de niña a medio consentir y a medio sufrir, como crecen ahora las jóvenes clasemedieras de su natal Ciudad de México y del Madrid de sus padres. Como crecen, a fin de cuentas, los jóvenes del chat, el móvil y la comida rápida.
Al sur de la capital mexicana, Olga descubrió el Bol Coyoacán. Ahí, en medio de ese sitio que sigue casi igual a su inauguración en los 60, ella se transportaba lejos. Tan lejos del dolor y del presente como cuando hojeaba los álbumes fotográficos de su mamá, donde la veía, con peinados a-go-gó y atardeceres andaluces, en Polaroids a medio desteñir.
En las pistas de bolos, entre esos canales, la magia de las fotos de su madre regresaba. Le parecía que Pedro Picapiedra y Pablo Mármol acababan de jugar ─incluso llegó a imaginarse al marciano Gazú encantando su bola para hacer chuza─. Y así, vestida de crinolina imaginaria, libre de todo pecado y de toda frustración, Olga pedía su hamburguesa, su Coca-Cola ─eso sí, de dieta─ y tomaba la bola de nueve libras color verdemar que siempre la aguardaba en los anaqueles, como si la hubieran mandado hacer hace años, en espera de su llegada.
Pero hace un año que Olga se fracturó la muñeca ahí. Sus huesos, endebles como su voluntad, no resistieron el cambio de vida, ni la presión.
Esa vez era muy temprano y había decidido faltar al trabajo para practicar más, para ser la reina del parqué pulido, para lograr dar saltitos al estilo Picapiedra... para olvidar y para hacer añicos a esos bolos en los que, como el gran Lebowski, veía el reflejo de su mediocridad emocional y espiritual.
Lo que no se esperaba era que la pista 32 le traería una sorpresa, pues ahí jugaría un imposible: Olga tiró una vez, pero sólo tiró los ocho pinos centrales. Así quedaba un tiro y los dos pinos más alejados y opuestos entre sí, en uno de esos splits odiosos de torneo.
Pero el juego se desvaneció. En medio de ese split, como en una portería, estaba él. Ave César al gran déspota, al gran sabelotodo, al gran macho, al mejor golpeador de mejillas, al hombre casado con el que ella se enredó, al amor falso del cual, por más que supo huir, nunca supo dejar. Y así, Olga trató de acabar con ese split imposible, pero más aún con ese rostro que le decía, en recuerdos, lo poco que era ella y lo mucho que era él. Y veía también cómo ella lo había dejado por fin, cómo lo había evidenciado con su mujer, cómo él le suplicaba perdones y cómo ella había encontrado, como por destino divino, esa bola de nueve libras color verdemar.
Pero Gazú ahora no la ayudó, y su muñeca, tan frágil como su esperanza, no resistió la presión.
Olga se internó en un hospital. Él la llevó; ella lo había llamado. Días después, los empleados de la pista de bolos olvidaron a esa criatura a medio sufrir y a medio consentir que tanto los visitó. Y así también acabó, cansada de esperar, arrumbada en el mismo estante, la bola de nueve libras color verdemar.






